Si pensamos que podemos ser mejores respecto a otro, jamás obtendremos satisfacción porque siempre va a haber alguien que sea mejor en algo

No hay nada más humano que el compararse con los demás. Viene incluído en nuestro ADN desde el día mismo en qué nacemos.
Los bebés llegan a este mundo con pocos esquemas de comportamiento e irán incorporando todo el caudal de acciones humanas a través de la imitación. Esto de observar y copiar al otro es algo innato y sumamente necesario para la supervivencia humana. El tema es que tanto mirar y copiar al otro se hace hábito y las comparaciones no tardan en aparecer. Ya desde el jardín de infantes los niños comparan casi todo. La sensación de envidia o culpa por tener menos o por tener más aparece a la par de las primeras comparaciones.

Compararse con los demás no tiene que ser negativo. A veces sirve para evaluar dónde estamos parados y a dónde nos gustaría llegar. Sirve como inspiración o guía. Pero la mayor parte de las veces las comparaciones nos generan emociones negativas porque nos medimos y la cuenta nos da un saldo que no nos favorece en absoluto ya que es imposible ser el mejor en todo.

Ese será el primer paso para entender que la comparación es un mecanismo absurdo que no nos lleva a ningún lugar. Si pensamos que podemos ser mejores respecto a otro, jamás obtendremos satisfacción porque siempre va a haber alguien que sea mejor en algo. No hay un sólo ser humano en este mundo que sea el mejor en todo. Cada uno de nosotros somos una marca registrada, hecha de detalles únicos e irrepetibles. Si pudiéramos ver y valorar todo eso que poseemos no estaríamos tan pendientes de qué tiene el otro.

Compararnos con los demás trae un gran riesgo a nuestro nivel de autoestima y bienestar. Es un mecanismo totalmente inútil, que además de no generar nada productivo, conlleva un gran malestar y sentimientos de inferioridad y descontento con uno mismo. Pero cómo podemos frenar este mecanismo tan incómodo que nos asalta la mente sin siquiera darnos cuenta?

Una buena solución para poner en práctica apenas aparece el primer atisbo de comparación es obligarnos a frenar el hilo de pensamientos. Esto se logra eligiendo pensar en otra cosa. Pensar en algo que nos guste mucho, o en esos planes para el fin de semana, pensar en alguna persona que necesite tu ayuda, cualquier excusa es válida para alejar los pensamientos negativos y entretener la mente con algo más ameno y saludable.
Otra técnica es directamente ponerse a hacer algo que sea entretenido. Debe ser una actividad atrapante que requiera una buena dosis de atención. Así, las elucubraciones sobre si tu compañero de oficina recibió un mejor ascenso que  vos, o si la vecina tiene un esposo más atento, se irán disipando al son de la puesta en marcha de una acción bien divertida.

Otra excelente forma de alejarnos de esa sensación tan desagradable que nos trae este tedioso deporte de compararnos,  es hablar con alguien de confianza que nos pueda escuchar con contención. A veces sólo decir lo que nos molesta en voz alta hace que nos sintamos más livianos. Es imprescindible que elijas bien a quién contarle estos pensamientos tan íntimos. Debe ser una persona en la cual confíes y que posea un buen grado de empatía y sentido común.

Por último, un excelente recurso es la escritura. Al escribir todo eso que se agolpa en tu interior vas a poder ir liberando emociones y pesares. Volcar al papel lo que nos angustia o enoja es una forma válida para ir superando tanta negatividad y pasar a un estado más positivo y benévolo sobre nuestra persona y nuestra realidad.

En conclusión, para evadir estas trampas mentales que te dejan sin aliento podes decir “basta” al caudal de pensamientos, podes hacer algo que te distraiga, podes hablar con una persona que te escuche bien, o  simplemente podes  descargarte con palabras escritas.  Elijas lo que elijas, lo importante es buscar la salida a ese laberinto mental de la comparación, y recobrar el amor propio volviendo a tu centro y valorando todo lo que sí sos.

 

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